La apuesta por la palabra en el nuevo orden equilibrio mundial
Los moradores de este mundo global necesitan de otros lenguajes más
directos al corazón, de otras palabras más auténticas, que muevan y promuevan
el caminar unidos, hasta donarse y poder salir de uno mismo para verse en los
demás, para buscar el bien de todos y encontrar la realización de la persona,
su crecimiento en esa realidad que a todos nos afecta, máxime en un momento de grandes transformaciones, en el
que las acciones han de ser encaminadas a la construcción de un nuevo
equilibrio mundial. Por eso, es importante que las políticas nos alienten hacia
un proceso integrador de la especie, pues todos merecemos una promoción humana
digna, para reconocernos parte del eslabón de la historia, donde nadie es más
que nadie, y todos somos necesarios e imprescindibles. De ahí, la grandeza de
una educación que enseñe a pensar críticamente, que no adoctrine en intereses,
sino que ofrezca un camino de maduración en valores. Además, con la
globalización tenemos una fuente de enorme riqueza, pues esa diversidad social
y cultural también nos enriquece en el plano humano y estabiliza en nuestros pensamientos, que
naturalmente han de confluir en ese ancestral principio de desarrollo integral
en armonía y quietud siempre con la Madre Tierra.
Todo hay que acompasarlo, también nuestros propios
pasos, sin perder el equilibrio jamás entre deberes y derechos. En
consecuencia, una vez más reivindico junto a esa voz nítida del verbo que se
hace luz, el acrecentar los vínculos familiares, activando los puentes de la
comprensión entre semejantes, estrechando lazos y ciñendo sentimientos para
poder sobrellevar las cargas. Sin duda, la apuesta por la palabra en el nuevo
equilibrio mundial, nos compromete a ser constructores de una cultura que nos
hermane, en vistas a desarrollar sociedades más justas, donde todo el mundo se
reconozca como agente de acción y reacción, acompañado y acogido en su afán y
desvelo. Esa mirada agradecida es lo que verdaderamente nos transforma y nos hace
familia. Necesitamos frenar hostilidades. En lugar de generar
conflictos, organicémonos para avivar la cultura del abrazo. Protejámonos unos
a otros. El mundo no ha sido creado para ser una selva, sino para embellecerlo
y embellecernos con sus atmósferas existenciales. El abuso de la fuerza entre
seres pensantes, no tiene sentido. Nos merecemos otra evolución, otro
entusiasmo más humanitario, quizás se trate de aprender a reprendernos, a
mejorar en actitud, sin cansarnos jamás de optar por el diálogo como fruto de
entendimiento y creación que nos fraterniza.
Ojalá aprendamos a
decir no a la guerra entre nosotros. Ya está bien de sembrar violencias. Cultivemos
amor en las palabras. Hagamos un mundo para todos, aunque ese cosmos tenga
rostros diversos y caminos variados.
Desde luego, los centros educativos como las instituciones de carácter docente
e investigador, han de ser un ámbito privilegiado para reflexionar de un modo
multifacético e integrador. Al fin y al cabo, lo trascendente es estimular el soplo
creativo para encontrar los caminos adecuados. Por otra parte, es fundamental
que nada quede impune, que la verdad prevalezca siempre por muy fuerte que sea
la realidad. Por desgracia, las vulneraciones de los derechos humanos continúan
alimentándose de esa arbitrariedad manifiesta que nos impide hacer justicia y
conciliar emociones. Deberíamos dejarnos hablar por el corazón, seguramente nos
entenderíamos más y mejor. Hasta el propio concepto de trabajo está en pleno
avance hacia un nuevo equilibrio entre la carga laboral, el ocio y otras
actividades para las que todavía no estamos preparados. Lo significativo es
encontrar esa ponderación de unión y unidad del cuerpo y la mente, del ser
humano y su entorno, de la unión de la persona y el universo en definitiva.
Indudablemente
hacen falta más diálogos, más tribunas políticas que promuevan la justicia
social, que activen la esperanza del cambio. En ocasiones, hacen falta más
Quijotes, con fuertes dosis de valor y visión de futuro. Lograr buenos resultados
en esos florecimientos requiere mesura y sensatez entre todas las culturas. Tal
vez uno de los desafíos más delicados para la agenda de derechos humanos sea la
desigualdad. La concentración de la riqueza ha aumentado hasta el extremo que, en
2018, 26
personas tenían más dinero que los 3800 millones más pobres del planeta; según datos de Naciones
Unidas. Hay que volver a la ecuanimidad.
No olvidemos que todos somos responsables de humanizar el mundo, por aquello de
ser personas de juicio recto y conciencia crítica. Al mismo tiempo, la vida no es aceptable si no hay un respeto
natural y naciente, un equilibro armónico entre materia y espíritu; y, por
ende, asimismo estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo
en que habitamos.
Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

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