Se alimenta la desesperación de la gente
No podemos seguir ahogando esperanzas, truncando ilusiones, ignorando
los derechos humanos, aplastando aspiraciones armónicas, haciendo de la
existencia una selva de privilegios para unos pocos, cuestión que alimenta la
desesperación y conduce al extremismo. Tanto la violencia como el abuso de
poder nos están triturando el corazón humano. Ya está bien de fragmentarnos, de
injertarnos terror en vena, de activar los pensamientos perversos en nuestras
propias familias. ¡Cuántas vidas destruidas! Los poderosos de la tierra,
deberían hacer enmienda a sus deseos, y en todo caso, impulsar otras poéticas
más humanas, empezando por un crecimiento económico que incluya a todos los
sectores de la sociedad y sea sostenible. Se nos olvida que para combatir todas
estas desilusiones necesitamos otra conciencia y otras actitudes menos
egoístas, al menos para poder rediseñar otro sistema financiero mundial más
equitativo. Nadie puede estar por debajo de nadie en ningún indicador de
desarrollo sostenible. Para desgracia de
la humanidad no estamos ofreciendo ejemplaridad desde las instituciones,
tampoco un crecimiento inclusivo. En consecuencia, la ciudadanía permanece
desorientada, confundida y desencantada.
Hay que volver a
repensar nuevos sistemas de actuación. Quizás debamos sepultar cuanto antes
viejos e inhumanos contextos injustos, como puede ser la falta de acceso a la
educación o la pobreza que son factores que llevan a la radicalización, pero la
gota que colma el vaso tal vez sea ceder al desaliento ante nuestras propias
miserias humanas, pues lo importante es poner en activo la fuerza de la razón
humana, ante un panorama mundial realmente sombrío. Son muchas las personas que
los propios programas políticos marginan. Por tanto, pasemos de los buenos
propósitos a las contundentes acciones. Salgamos de este feroz desorden.
Pongamos el anhelo en la reconstrucción de un mundo verdaderamente civilizado, no
desfallezcamos en el intento, y hagámoslo habitable para todos. Que cada cual logre
realizarse a su modo y manera, siempre que respete a su semejante. Lo de vivir
y dejar vivir puede ser buena receta para poder experimentar esa paz y ese
consuelo que todos nos merecemos y ansiamos. Porque alimentar la desesperación
de la gente, es una tremenda crueldad que más pronto que tarde nos pasará
factura a todos, lo trascendente será encontrar un antídoto para este vacío
existencial de veras deshumanizante.
Confieso que me
aburre esta atmósfera tan vergonzosa
como provocativa. Pongamos remedio. Bravo por esas Organizaciones que
representan a más de siete mil universidades en los seis continentes,
dispuestos a declarar colectivamente una emergencia climática en reconocimiento
de la necesidad de una transformación social drástica para elevar el papel de
la educación ambiental y también la sostenibilidad a través de programas de estudio
y de divulgación en campus y comunidades, lo que exige movilizar más recursos
para la investigación del cambio climático orientada a la acción y a la
creación de habilidades, así como a comprometernos para trabajar unidos, al
menos para nutrir el planeta de un nuevo aire más vivificante para todos. Desde luego, la expectativa es que más de diez mil
instituciones de educación superior se incorporen al movimiento este año.
Confiemos en que los gobiernos de todo el mundo inviten a apoyar la iniciativa
con incentivos para el cumplimiento de los compromisos. Sin duda, a pesar de lo
angustioso del momento, son estas reacciones las que nos reaniman con nuevas
fuerzas, aparte del consuelo que nos transmiten, como señal de que seguimos
vivos. Pongámonos todos entonces en la idea de despojarse de toda
desesperación, pues tendremos el futuro que construyamos como humanidad. No nos
dejemos degradar como seres pensantes ni contribuyamos tampoco a la degradación
ambiental.
Alentemos la
confianza en nosotros mismos, demos seguridad y oportunidades a la gente desde
las instituciones, dejémonos de retóricas y vayamos a lo que en verdad nos
preocupa y ocupa, respetando el recto orden de los valores, que no son otros que
activar un horizonte en concordia, restando maniobra a los conflictos y a otras formas de violencia organizada que
continua provocando el desplazamiento afligido de mucha gente. Ojalá cada día seamos más los que compartamos
el sueño de unos moradores alegres, embellecidos por un mundo en paz, porque el
ser humano se ha vuelto familia entre las familias, con una casa común (el
planeta Tierra), tan respetada como abierta a toda vida.
Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

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